Hiroki estaba ansioso por regresar a casa después de un vigoroso día de dieciséis horas de trabajo de cortar y vender leña. Pudo reunir lo suficiente para comprar más tofu, cabezas de sardinas y ramas de acebo, pues su esposa Aiko le comentó su intención de preparar ¡algo! fuera de lo común en su dieta por ser una semana particular, ¡algo! con lo que Hiroki se deleitaba al olerlo y le traería buena suerte y sobre todo, protección. Sin embargo, al día siguiente de la misma semana ocurriría algo pernicioso y espantoso, por lo que debían colocar cabezas de sardinas y ramas de acebos en las puertas con prontitud ese mismo día.

Pero ¿por qué esta semana? ¿por qué cabezas de sardinas y unos cuantos acebos? ¿Qué habrá mañana? Ya mismo era primavera, pero no era tan especial ni mucho menos peligrosa. O al menos fue lo que pensó en ese entonces. Hiroki no lo recordaba, más lo pasó por alto durante su retorno por el bosque. Por un momento, no pudo evitar detener su marcha para echar un vistazo a una pelea de dos hombres quienes al parecer eran samuráis y a la vez no.

Entrenaban con dos auténticas katanas, propias de los samuráis, pero, su vestimenta, no eran las de samuráis. Solo vestían kimonos de una mezcolanza de colores negros y marrones. Y no tenían protección alguna en su cabeza ni en el tórax. Se preguntaba cómo demonios se protegían de los cortes y golpes.

Hiroki permaneció toda la noche observándolos hasta que hubieron cruzado los primeros rayos del amanecer en su melena negra.

El momento preciso en que no se distinguía el día de la noche, ambos guerreros desaparecieron al asomarse el alba en un abrir y cerrar de ojos. ¡Quéextraño! Hiroki recobró la compostura después de quién sabe cuánto tiempo y caminó rumbo a su casa. Eran las siete de la mañana. Precisamente a esa hora llegó a su casa y en el tapete de bienvenida se descalzó, pero antes de entrar, advirtió un largo rasguño profundo que había destruido el dintel de la puerta, como si de un cuerno se tratara.

Al primer paso, percibió un espantoso demonio rojo devorando las extremidades de su esposa: – Ya lo recuerdo – Aquel día iniciaba el Setsubun, el Festival de primavera de los demonios.

El primer día de la estación, absolutamente todos los aldeanos debían estar dentro de casa hasta el día siguiente – Claro, por eso las sardinas, las ramas de acebo, y el tofu – El día anterior, Aiko le pidió que llegara antes de las doce, antes de que diera inicio el primer día de primavera.

En un arranque, Hiroki tomó el hacha que tenía en la mano y arremetió contra el demonio, pero éste fue más rápido, pues sus garras abrieron cual blando estómago blanco. Cuando el demonio estaba por dar su último golpe con su mazo de hierro, repentinamente Hiroki atisbó un rayo de luz pasando por el cuello del demonio.

Fue degollado. Luego de que el cuerpo cayera, observó que el cazador que lo salvó era uno de los guerreros que vio entrenar, y como la última vez, lo vio desaparecer como el hálito. ¿Qué podía hacer? Se olvidó que los demonios mataban el primer día de primavera, se culpó por perder el tiempo mientras se ahogaba en su sangre. Su esposa estaba a su lado, sin ambas piernas, con un solo brazo y el estómago abierto.

En el único mueble que tenían, divisó los rollos Ehoumaki que Aiko le había preparado.¡Qué lástima no haber comido por última vez tan exquisitos rollos junto a ella que simbolizaban protección y paz en Japón mientras se protegían de los demonios que descuartizaban humanos por las calles!