Hablar con una madre sobre las aflicciones del corazón permite alejarlas de este,
arrebatarle el desconsuelo y concediéndole la paz del paraíso que nos había
prometido desde el vientre.

Su voz sabor de dulce, su piel de tela grácil, sus manos escultoras de manjar,
sus brazos como cuna de luna, sus besos flores de campo que junto al viento
vuelan a acariciar mojados mofletes, cabelleras danzantes y manitas queridas;
nos ensenan el augurio de una calma venidera, de una silueta de una fémina de
corazón de azúcar, de mirada portadora de terneza y de sonrisa carmín; de una
fémina cuyo nombre los descendientes de ella la llamaron «mamá».

La mamá que traiciono sus sueños nocturnos y consumió vigor sobrante del día
para ser el centinela de los demonios afanosos de pervertir el corazón de la más
endeble criatura inquilina de su hogar y corazón.